Lunes, 21 de abril del 2008Reseña #11 Elegía Puede que andase yo sobre aviso cuando comencé a leer a Philip Roth, ya que en algún lugar había leído que el tema más tratado en sus libros era el que considero más juego ha dado en la historia de la cultura humana; la muerte. De la muerte surgen todas las variantes que forman el esqueleto del interior de los engranajes de cualquier movimiento cultural destacable. Sin embargo Roth confiere a la muerte una plasticidad que se toca, se mastica y se escupe. La muerte, según Roth, es el deterioro constante y total que ejerce sobre la carne el tiempo y sus circustancias. La vejez se le supone a la muerte el arma con la que, de forma pretenciosa y siempre infalible, nos envuelve a todos sin excepción hasta secarnos. Roth llega a un punto en su reflexión sobre la vejez y la muerte parecido a la actitud que tomo Voltaire ante el seísmo de Lisboa, en 1775, que se estima acabó con la vida de casi cien mil personas. El pensamiento real y ordenado del ilustrado no daba cabida a semejante barbaridad. Algo así se salía de toda regla; la muerte no tenía derecho de semejante desgracia. Aquello movía todo pilar de la razón, era incomprensible y acercaba al ser humano, importante en su individualidad durante la Ilustración, a simples cifras de cuerpos inertes sobre la playa. Aquellos mundos que representaba cada ciudadano único y auténtico habían desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. Voltaire escribió su Poème sur le désastre de Lisbonne clamando contra la injusticia y el ultraje que la desgracia suponía para el raciocinio del ser humano intelectual y cultivado. Roth se mueve en el mismo filo, pero cae por el otro lado. El individuo es incapaz de comprender lo que significa la muerte ni aún cuando ésta se encuentra tan cerca de ella como para sentirla, pero no protesta porque se ve incapacitado, no sabe cómo hacerlo y sólo siente frustración. ![]() Philip Roth El resto es una mirada retrospectiva hacia el miedo visceral de morir, un miedo que le impide vivir con libertad y encontrar un camino apropiado que no esté condicionado por la única verdad que se mantiene durante todo el libro; que el protagonista sabe que morirá en algún momento de su vida. Mirar el mar en la noche, con el refulgir de sus olas negras salpicándole, escapado con su amante en una playa paradisíaca, le conduce a la melancolía. Y es que Roth nos describe cómo la inmensidad que nos aparta de nuestra rutina en la que nos creemos seguros nos libera de la misma manera que nos acerca a la muerte. Esa oscuridad de la inmensidad de lo que está más allá de nosotros es la mirada fija de la muerte en nuestros ojos, y el protagonista del libro es incapaz de dejar de verlo, asumir la verdad de la muerte, o simplemente olvidarla, como veremos que hace su hermano (a quien odia en secreto por hacerlo tan bien), y dejarse vivir a sí mismo. A traves de la implacable descripción de Roth, al que no le tiembla la mano para fustigar a sus propios personajes, podremos conocer la vida del protagonista, alejada de la ejemplaridad. Roth, de ascendencia judía que denota en todos sus libros, sabe hendir en la nuca del lector cada frase, tejidas sin aparente propósito, pero que provocan un sudor frío constante a cada reflexión de la que resulta ser una tragedia cotidiana usual, y a su vez la más solitaria y por ello la más aterradora. Y así, con una prosa fina y directa que nos lleva de la mano pensando en la única verdad que existe, acabamos leyendo el libro de un tirón. Y llegamos a la última página sin saber al final si debemos dar gracias porque esa verdad, que es la ineludible muerte de todos nosotros, es la única realidad que merece la pena conocer, o la única verdad que merece la pena ingnorar. Elegía ha sido editada por Mondadori y Debolsillo. Martes, 15 de abril del 2008Valente y la batalla de Adrianópolis![]() Santa Catalina ![]() Monedas encontradas en Egipto Es un buen momento para repasar a grandes rasgos la vida y la época de este emperador, que fue protagonista en la legendaria batalla de Adrianópolis, que significó el comienzo del declive del Imperio Romano de Occidente. Valente y su hermano Valentiniano (que se convertiría en Valentiniano I entre el 364 y el 375), fueron un claro ejemplo de la ascensión al poder que se realizaba de forma no lectiva en el imperio previo a la caída romana. Los puestos y cargos públicos habían sido siempre, durante el imperio, valederos para los que tuviesen grandes fortunas y amistades importantes. Pero en el último tramo del imperio, en una administración necesitada de dinero, las grandes fortunas privadas se prestaban a ceder grandes cantidades a cambio de cargos importantes. Valentiniano había gozado de una carrera militar ejemplar, pero su hermano Valente no, y se aprovechó de la fortuna de su padre para ascender de manera meteórica. El azar hizo que Valentiniano, tras la muerte por asfixia del emperador Joviano, fuese nombrado Augusto en el 364. La inmensidad de los problemas que se abrían más allá de las fronteras, así como la decadencia acelerada y constante en distintos puntos del imperio, exigía un control más amplio del que podía permitirse Valentiniano, y nombró a su hermano Valente co-emperador. Valente obtuvo la parte oriental del imperio, que incluía Grecia, Asia occidental, Siria, y el lugar donde se han encontrado recientemente las monedas, Egipto. Situó la capital en Constantinopla. En esta ciudad aparece la figura de Procopio, un primo de Joviano, que veía injusta la designación de Augusto de Valentiniano, ya que se sabía beneficiario de un trato entre su tío y Sapor II de Persia, truncado a la muerte del emperador. Procopio encendió la llama al más puro estilo Demostiniano, lanzando rumores como el de que el emperador Valentiniano había muerto, y que él podría usurpar el trono de Valente ocupando así el imperio por entero, tanto en oriente como en occidente. Procopio tenía muchos seguidores y consiguió hacerse con parte del ejército gracias a una propaganda demagógica muy eficiente. Los fuegos del levantamiento fueron encendiéndose entre familias antaño importantes que habían visto su poder mermado tras la elección de ambos hermanos como emperadores. Al ver la magnitud de los seguidores Procopio, Valente, inexperto, consideró la posibilidad de abdicar a favor del usurpador. Con sus tropas desperdigadas debido a su inexperiencia, mandó dos legiones contra Procopio, que usó sus artimañas para unírselas a su ejército. ![]() Valentiniano I Pero no fue así. Valente recuperó las tropas que habían sido desperdigadas, muchas de ellas enviadas a Siria, poco antes del levantamiento de Procopio, que ya se había apropiado de Tracia y parte de Asia menor, y marchó junto a ellas hacia Ancira, donde derrotó a Gomario, principal general de su enemigo, y al propio Procopio, convenciendo a sus tropas de que volviesen con el emperador legítimo, pagando al usurpador con la misma moneda. Valente dio un golpe en la mesa y dio así una imagen de confianza y fuerza, bien distinta a la que había dejado ver en un principio. En “agradecimiento” a su hermano Valentiniano, Valente le envió la cabeza de Procopio envuelta en paños de seda, y prometió vengarse de los godos, que habían apoyado a Procopio. En años posteriores, Valente centrará sus fuerzas en luchar contra el paganismo, algo que durante todo su mandato tuvo como prioridad, siendo este uno de los momentos de mayor dureza contra los que eran considerados de religiones distintas a la oficial. Así, Valente hizo quemar cientos de libros en todo el imperio, incluidos los añorados documentos relativos a la filosofía griega guardados en los templos helenos. ![]() Los godos llegaron a juntar 150.000 efectivos en la batalla de Adrianópolis Era el momento de cumplir la promesa de venganza, y esperó a que las noticias, quizá infundadas, de una sublevación goda llegasen a sus oídos para atacar. Atanarico, líder tervingio, se encargó de reunir a los godos preparándolos contra el ataque romano. Mandó mensajeros a todos los lugares de habla goda, yendo por cuenta propia a convencer a los líderes para prepararse para una definitiva batalla que debía terminar de una vez por todas con el imperio romano. Varias circunstancias meteorológicas impidieron que la batalla se desarrollase de forma normal, y todo acabo con pactos que satisficieron, de momento, a ambas partes. Varios años después, en el 377, y tras varios conflictos con el imperio Persa en los que Valente rompería los tratados con Sapor II, aprovechando los intereses de éste de anexionarse parte del cáucaso sin éxito, Valente volvió a fijarse en los godos. Uno de las cláusulas del tratado que había firmado con Atanarico era la libre transferencia de tropas al imperio. Cuando los hunos expulsaron a los godos, estos buscaron nuevos terrenos donde asentarse, y Valente vio bien hacer valer la cláusula y unirlos al su ejército. Al mando de estos se encontraba Fritigerno, uno de los líderes godos puesto por Valente por su apoyo contra Atanarico. Hasta doscientos mil godos se calcula comenzaron a emigrar de forma ordenada para engrosar las filas del ejército. Las secciones habían sido divididas y comenzaban la marcha hacia Roma, los ripenses, hunos y alanos convirtieron una confluencia controlada en una debacle masiva. Comenzaron a abusar los altos mandos de sus subordinados siendo estos de distintos pueblos, terminando por hacer que se rebelaran y regurgitaran odios antiguos. Los ostrogodos se unieron a los anteriores y cuando Valente se dio cuenta de la magnitud de la tragedia, los godos habían alcanzado Constantinopla, ya en el 378. Valente, olvidando la mesura de sus primeros años de mandato y haciendo oídos sordos a sus consejeros que le imploraban que esperara refuerzos de Graciano, su sobrino, puesto de emperador en occidente tras la muerte de Valentiniano, decidió acturar para hacerse con el éxito lo antes posible. Pudieron contribuir a esta precipitada acción el recuerdo de la falta de auxilio de Valentiniano en el conflicto contra Procopio, y el meteórico alzamiento de Graciano, que se colmaba de éxitos últimamente y era insidiosamente comparado con su tío Valente. La batalla se desarrollaría en Adrianópolis, dando lugar a un climax definitivo de una convivencia imposible que durante años había tensado a godos y romanos. El ejercito godo aunó sus fuerzas, y entre todas las tribus anteriormente citadas y las que vinieron tras la sublevación, se estima que llegaron hasta la impresionante cifra de 150.000 hombres, frente a los 70.000 de Valente, mejor preparados, pero que ignoraban la enorme cantidad de efectivos con los que contaba su enemigo. La batalla se desarrollo salvajemente, poniendo de manifiesto el poder de las cifras; dos tercios del ejército romano habían perecido. Los mejores militares habían muerto. Toda una generación de valientes soldados, por completo, habían desaparecido. Y de Valente nunca se encontró su cuerpo. Teodosio ocuparía su lugar, antes de que el cisma llegase a la misma capital. Pero las consecuencias de la batalla de Adrianópolis ya eran inminentes, y darían comienzo al declive definitivo del Imperio Romano de Oriente ![]() Ilustración de Angus McBride sobre la batalla de Adrianópolis Lunes, 10 de marzo del 2008Reseña #10 Diarios Franz Kafka es a la literatura universal lo que Churchill fue a los aliados en la segunda guerra mundial. Un liberador. Un lider histriónico, que sin saberlo a conciencia, se convirtió en un modelador de una estrategia única, y un modo de ver su alrededor rompedora. Churchill supo al poco que sería el que llevaría de su mano a la victoria ante Hitler. Kafka nunca supo lo que había hecho al escribir ese puñado de páginas que luego de su muerte publicaría su amigo Max Brod, que también llevaría a cabo la publicación de sus Diarios.Kafka quiso que su obra fuera quemada una vez él muriese, pero Brod no lo hizo, para gloria de todos los lectores del siglo XX. En estos diarios, que se publicaron recientemente sin cortes ni censuras que tanto la editorial como Brod realizaron en un principio, se encuentran todo tipo de comentarios, reflexiones, historias cortas, frases al azar, criticas cinematográficas, teatrales y literarias, y retazos de su vida diaria, desde 1910 hasta 1923. Kafka meditaba y maceraba cada una de sus frases. Para él, la elaboración de cada una de ellas resultaba un equilibrio entre el ingenio y la aplicación de una técnica elaborada en su día a día. Un técnica que lamentaba en sus diarios no practicar con más asiduidad. En estos diarios podemos encontrar el germen de sus cuentos, ensayos, y novelas. También las reflexiones formarán parte de las ediciones posteriores de “Aforismos”. Toda la obra de Kafka, en esencia, está en sus Diarios. Pero sería un error considerarlos una obra aparte o insólita de la bibliografía del autor, aunque la característica de Diarios le suponga un añadido a la idea de un apartado de su obra global, tanto la suya como la que pudiera ser de cualquier otro autor que tuviese publicados sus diarios. Los diarios de Kafka representan una obra ensayística y epistolar que, una vez leídos, pasan a formar parte del engranaje de la obra del checo como un pilar básico por el que se llega a las herramientas para comprender su escritura de manera total. Destacando entre ellas su naturaleza enfermiza, melancólica, enamoradiza y a veces psicótica. Su encantamiento por la cultura judía, de la que formaba parte y se esforzaba en comprender, huyendo del misticismo y la metafísica espiritualidad que le habían hecho repudiarla en su juventud. Sus amigos, a los que admiraba o odiaba a partes iguales. Su amor por el teatro y el cine (de este último se acaba de publicar una obra imprescindible “Kafka va al cine” de Hanns Zischler, en ediciones Minúscula.) Y sobre todo la relación con su padre, principal piedra de toque durante toda su vida. ![]() En Diarios, Kafka da un paso adelante en cada una de las rutas que decide explorar, obligándose a extender el sentimiento que le mueve a escribir en cada momento y a cavilar su origen y la manera de diseccionarlo, algo a lo que nunca llega y de lo que se queja, puesto que no concibe ser más frío y no entiende la utilidad de serlo salvo para quienes le conminan a ello, es decir, su familia. La presión familiar y el escrutinio paterno es constante, a pesar de que Kafka sigue al dedillo el camino que se le ha de suponer y que su padre bien le concibe en su niñez; se doctora en Derecho, y pasa a trabajar en una aseguradora, haciendo trabajo extra para la fábrica de su padre, siendo gestor y abogado. El no llegar nunca a ejemplificar la imagen que su padre le achaca no ver consume al autor y se refleja en su obra, en piezas como “Carta al padre” o más difuminado pero claro en "El proceso" o "América". Y finalmente su deterioro físico, en el que la profundidad de sus entradas crece hasta crear un vínculo entre el dolor y la creatividad que rememora al más romántico y lírico de los ideales dieciochescos. Los diarios se han de leer, consejo del que escribe, despacio, por etapas, a ratos y sin una continuidad aparente. Como a Montaigne, en sus ensayos, o a Goethe en sus cartas (al que Kafka admira), los Diarios se degustan con tranquilidad, sólo en momentos adecuados, que no son todos ni deben serlo. Kafka, padre de la literatura del siglo XX, se muestra por entero en este puñado de páginas elaboradas de forma manuscrita como un artesano tapicero pudiera en su vida cubrir las paredes de los aposentos de un Hasburgo, dibujando con tinta todo la humanidad que alberga un hombre, y el universo que forman sus deseos, sus miedos, en el cosmos que envuelve su absoluta y total genialidad. Imprescincible. Extracto de Carta a Milena, incluída en Diarios; "Esta noche maté. Alguien, un pariente, durante un diálogo que no recuerdo, que sin embargo significaba que éste o aquel eran incapaces de algo —un pariente, entonces, terminaba diciendo irónicamente: "Entonces Milena quizá"—. Como respuesta lo despedazaba no sé cómo, luego volvía a casa exaltado, mi madre corría detrás mío y también en el pasillo tenía lugar una conversación parecida; al fin, rojo de rabia, gritaba: "Si alguien nombra a Milena con malas intenciones, por ejemplo el padre (mi padre), lo mato a él también o me mato". Luego me desperté, pero no había sido ni un dormir ni un despertar verdaderos.".Extractos "Contemplado desde el punto de vista de la literatura, mi destino parece bastante simple. El deseo de representar mi fantástica vida interior ha desplazado todo lo demás, y además la ha agotado terriblemente, y sigue agotándola. Ninguna otra cosa podrá jamás conformarme.". "La visión de una escalera me impresiona hoy muchísimo. Ya muy de mañana, y varias veces desde entonces, me alegró ver desde mi ventana el fragmento triangular de la baranda de piedra de la escalera que, a la derecha del Puente Checo, baja hasta el nivel del muelle. Muy empinada, como si sólo ofreciera una rápida indicación. Y ahora, al otro lado del río, veo sobre el talud una escalerilla que conduce al agua. Siempre ha estado allí, pero sólo en otoño e invierno, con la retirada de la escuela de natación que la oculta, queda al descubierto, y allí se une al juego de las perspectivas, en la verde hierba oscura bajo los árboles pardos." "Esta tarde, mientras estaba acostado en la cama, alguien hizo girar rápidamente una llave en la cerradura; durante un instante tuve cerraduras por todo el cuerpo, como en un baile de disfraz; aquí y allá, con breves intervalos, abrían o cerraban una de las cerraduras.".Los diarios han sido editados en múltiples ediciones. Debolsillo ha editado una estupenda, con notas al final del libro y prólogo de Jordi Llovet, traducida por Joan Parra y Andrés Sánchez Pascual, directamente realizado de los originales de Max Brod. Martes, 29 de enero del 2008Los Schumann y Brahms
Robert Schumann editaba una revista de música de gran prestigio. Era muy valorada en los círculos culturales burgueses, cuyos miembros eran asiduos asistentes a los conciertos y la ópera. Fue en esta revista donde surgió a la palestra por primera vez el nombre de un joven nacido en Hamburgo llamado Johannes Brahms.
![]() Un veinteañero Brahms en 1853 Schumann, el músico romántico por excelencia, quedó cautivado por un joven Brahms, que comenzaba a cultivar un marcado clasicismo, huyendo en su justa medida del romanticismo imperante y sorprendiendo a propios y extraños. El piano era su instrumento, lo tocaba con un acabado de movimientos perfecto, sin derrochar energía ni barroquismos innecesarios. Apenas tenía veinte años, y Schumann ya lo había apadrinado. La amistad entre ellos creció pronto, hasta el punto de convertir a Brahms en su más ferviente admirador y amigo. El destino quiso que esta época deportara un vínculo virtuoso lleno de talento entre Shubert, su directo sucesor, Schumann, y el heredero de éste, Brahms. ![]() Robert Schumann Schumann invitaba a menudo a su casa a Brahms, donde éste conoció a la esposa del primero, Clara Wieck, que adoptó el apellido de su marido. Clara tenía unos ojos de mirada lánguida y tierna, con una boca pequeña que sustentaba el equilibrio de su ovalada mandíbula. No tardó en entablar amistad con Brahms. Los tres salían a pasear, a disfrutar de veladas de café y música, y de tardes enteras compartiendo experiencias musicales. Robert se desvivía por Clara, a la que amaba incondicionalmente. El padre de la joven se había opuesto al enlace de ambos, pero la firmeza y la ferviente convicción de él, tribunales de por medio, había llevado a buen puerto su unión. Clara también tocaba el piano. Era refinada, elegante y delicada, y lo tocaba de la misma manera, con la suavidad de una joven dama entregada a la pasión de la música, con un aire melancólico y un gesto risueño constantes. Posteriormente se referirían a ella como una mujer talentosa pero eternamente triste. Adoraba a su marido y había estado en todo momento a su lado en el amargo trago de hacer transigir a su propia familia para que aceptasen el matrimonio. ![]() Clara Schumann Brahms disfrutaba en la compañía de la pareja como los dos lo hacían en la suya. Y desde el principio el joven tuvo una conexión especial con Clara, ya que ambos tenían como instrumento predilecto el piano. Eran memorables las sobremesas entre coñac en las que Clara y Brahms deleitaban a Robert en maravilloso dueto. Este último también sentía predilección por ese instrumento, sin embargo su perfeccionismo le llevo a no poder volver tocarlo. Siendo algo más joven, intento realizar ejercicios con los dedos para mejorar su agilidad con las teclas. Uno de ellos consistía en inmovilizar el dedo anular para sumar dificultad al ejercicio. Pero sufrió una lesión irreversible que le dejaría incapacitado para siempre. Hasta ese día, había dedicado cuarto de siglo a elaborar una música pianística que no se volvería a igualar jamás, con una sensibilidad poética sólo acorde con el siglo y el movimiento al que representó. Brahms ya había sido señalado como el gran continuista del legado pianístico del Beethoven, algo que le llenaba de orgullo y que planteaba en su horizonte una gran responsabilidad. Su temperamento, impulsivo y arrebatador, instintivo y a la vez de formación musical rígida le inculcaba un fuerte sentido autocrítico. Tendrían que pasar diez años para que finalizara su primera sinfonía, y es bien sabido que tomó varias composiciones, décadas después de haberlas elaborado, para perfeccionarlas. En aquella época Clara Schumann se convirtió en su confidente. El intimismo que les unía cuando ambos se sentaban frente al piano, sólos, se había fortalecido hasta el punto de que Brahms, en ocasiones, parecía confiar más en ella que en su mentor y maestro, Schumman. Brahms enseñaba a Clara sus obras y le pedía opinión sobre ellas, antes que a su marido. Puede que esto contribuyese a lo que ocurrió después. Pero son conjeturas ya que no hay ninguna prueba históricamente concluyente de que lo que contamos a continuación ocurriera debido a la creciente relación entre Brahms y Clara. ![]() Johannes Brahms Lo único cierto es que Schuman comenzó a tener crisis nerviosas, y es sabido que a veces acusaba a su esposa de vanidosa, ya que ella triunfaba dando conciertos de piano, mientras que él no podía tocarlo. Clara se refugió en Brahms, que conocía a ambos y que no se sabe el partido que tomó, ni el consejo que pudo ofrecer a la joven y a su querido amigo. Quizá movido por la envidia, apenado y atormentado, Schuman intentó suicidarse. Brahms, que sin duda trató de ayudarle no pudo hacer demasiado, y en un momento determinado, tras una charla, una noche con Clara, desapareció, sin conocerse contacto alguno posterior con los Schumann. Posiblemente Clara exhortara a Johannes, aún sabiendo el dolor que suponía para ella perder a su mejor amigo y confidente, a abandonar las visitas a su hogar debido al estado de salud de Robert. Ambos volverían a tener contacto por carta y tras algún tiempo, también visitas, pero Brahms se volvió reservado con su obra, que no dudaba anteriormente en enseñar a Clara para pedir su opinión, y poco después se trasladaría a Viena, donde acabó, según se sabe, por perder el contacto con ella. Antes de irse, durante esas escasas visitas de Clara, Brahms compuso su Cuarta sinfonía, la mas bella pieza de música que el que escribe estas líneas ha escuchado. El desgarro de sus notas sugieren un constante cambio de sentimientos, desde la tristeza hasta la alegría, que se confunden en una melodía grandiosa, con un ahorro de energía y medios, quizá para hacer más patente el suave derroche sensibilidad. Esa herida en forma de música, evoca a un gigantón de largo pelo blanco y vivaracha y cuidada barba, que confería un amor platónico a una mujer que no podía devolvérselo la cual transformó en amistad todo lo que pudo haber sentido por él, puesto que adoraba a un marido que la envidiaba. Un marido, Schumann, que perdido en la locura de su genialidad, y quizá resentido para siempre consigo mismo, con su amada y su mejor amigo, acabó sus días en un manicomio. Lunes, 14 de enero del 2008Reseña #9 1776 “La tarde del martes 26 de octubre de 1775, su Real Majestad Jorge III, Rey de Inglaterra, partió con regia magnificencia desde el palacio de St. James hacia el Palacio de Westminster, con la intención de abordar, en la sesión de apertura del Parlamento, el asunto cada vez más angustiante de la guerra en América”.Este es el comienzo del que este libro, 1776, de David McCollough que aborda desde una perspectiva histórica y dinámica la guerra de la independencia de los Estados Unidos de América. Ha sido durante mucho tiempo uno de los libros más vendidos en EEUU. Algo sorprendente en cierta medida debido a que es un ensayo histórico, ya que se ha abierto paso entre best seller. Sin embargo, esa sorpresa se torna en comprensión cuando se ve los dos pilares en los que se basa McCollough para abordar el estudio de la guerra de la independencia. En primer lugar, la rigurosidad histórica. El libro está repleto de notas referentes a una amplísima lista de fuentes (nunca había visto tanta fuente en un libro destinado al consumo masivo). Sabremos cómo pensaban los soldados rasos que se desarrollaba la guerra gracias a las cartas enviadas y estudiadas por el autor, cómo consideraba Washington el devenir de la guerra y sus apreciaciones y sentimientos encontrados, así como los de sus lugartenientes y compañeros cercanos, gracias a los diarios y al estudio de los mismos por McCollough. Toda una amplia gama de detalles, contados de forma vivaz y puestos al servicio del lector no habitual, de manera entretenida y sin arrollar. Los datos se dan con tranquilidad, cuando son necesarios, y sólo si aportan algo a la narración. En segundo lugar, la narración épica. El libro está contado desde una perspectiva inclinada del lado americano, pero sin dudar en criticarlos, siempre de manera rigurosa, cuando es necesario. Así como a los ingleses, a quienes no sigue de misma manera que a los americanos, pero de quienes muestra una actitud soberbia aunque disciplinada. ![]() McCollough nos cuenta cómo fue la ayuda española en el conflicto, y cómo llegó a ser indispensable que Carlos III enviase ayuda en forma de armas y alimentos a los independentistas, así como las negociaciones entre el conde de Aranda y Benjamín Franklin en París. Washington clamaba por la ayuda Española y Francesa, y confiaba en que ambos se unieran para declarar la guerra a Inglaterra, algo que ocurriría dos años después. Francia mandaría tropas a América para ayudar a los estadounidenses, ya autodeclarados libres, y habiendo enviado sus condiciones y derechos al mismo rey Jorge III, del que McCollough da una imagen bien distinta a la de “rey loco” que la historia le ha legado. Las campañas, todas distintas, se narran de forma trepidante, siempre documentada, haciendo al lector partícipe de los sonidos y sentimientos del conflicto. “El sonido de los morteros tiene algo de hipnótico y poético” contaba un soldado en una carta a su amada durante la toma de Boston. McCollough sabe enriquecer toda la narración con todo tipo de detalles interesantes, es un contador de historias, un profesor brillante. Así es 1776, desbordante, tenaz y aventurero. Con un tono épico que trata casi de aventuras las hazañas de George Washington y los suyos, sin perder nunca el norte y con los pies en la tierra. Todo un acierto. Imprescindible para los amantes de este siglo. Una clase de historia maravillosa. 1776 está editado por Belacqua en una preciosa edición. ![]() Jueves, 27 de diciembre del 2007Kevin Carter, el fotógrafo de África Kevin Carter fue un fotógrafo que retrató África desde su lado más crudo, el del hambre y la injusticia. Carter fue un chico de raza blanca nacido en Sudáfrica, lo cual en a principios de la década de los sesenta suponía haber nacido con estrella. Mientras crecía vio como la diferencia entre los chicos de su edad de raza negra y él mismo era abismal. Carter se hizo periodista y convirtió a su cámara de fotos en su particular arma para luchar contra el Apartheid. Se tatuó la imagen del continente africano en su pálido brazo y salió en busca de fotografías que pudieran hacer ver al mundo que lo que ocurría en los alrededores de Johannesburgo era mucho más que lo que aparecía en las guías de viajes para turistas. En 1984 el periódico Johanesburg Star le contrató y le envió de inmediato a las afueras de la ciudad, a guetos como el de Tokoza o Soweto, donde los jóvenes de raza negra se convertían en militantes casi revolucionarios que luchaban contra la opresión que ejercía sobre ellos el gobierno y impidiendo una transición democrática normal. ![]() La violencia se desencadenó en las afueras y a Carter le resultaba incomprensible el que las diferencias entre la calma desinteresada de ciudad y la violencia desatada de los guetos de las afueras no hiciese ver a la opinión pública lo que ocurría. Salir de la urbe, de la comodidad, de la riqueza de una ciudad avanzada y moderna suponía un golpe de realidad que envolvía a Johannesburgo en una burbuja hipócrita. Carter quiso romper esa burbuja con sus fotos, y no dudaba en salir a jugarse la vida para retratar lo más fielmente posible lo que ocurría fuera de las brillantes y limpias calles de la ciudad. Muerte, destrucción, sangre, violencia desatada, los guetos fueron tomados por la más degenerada anarquía que se multiplicó hasta el límite cuando Nelson Mandela salió de la cárcel, en un gesto que muchos radicales vieron erróneamente como una señal para combatir hasta el final. Era 1990, y Carter había formado un grupo de fotógrafos con los que no dudaba en salir entre disparos, cócteles de fuego y cuerpos inertes para tomar fotografías lo más fidedignas posibles. A este grupo se le llamo el “Bang Bang Club”. Algunos les consideraban unos valientes defensores de la libertad, otros les tacharon de inconscientes, pero pasaron a la historia. Todos los bandos de tribus negras implicados en la escalada de violencia, que habían sido animados por los blancos que vivían apenas a varios kilómetros, les conocían y les dejaban tomar fotos, lo cual suponía luz verde para ellos pero no para los fotógrafos de prensa extranjera, los cuales clamaban por pertenecer al selecto club. Eran fotógrafos de guerra, de sudor, de barro, de los que se lanzaban al suelo esquivando balas y se arrastraban entre la sangre para tomar sus fotos. Entre los fotógrafos del Bang Bang Club se encontraba Ken Oosterbroek, el mejor amigo de Carter. Oosterbroek se había convertido en poco tiempo en un fotógrafo de referencia en el mundo. Sus fotografías habían recibido muy buenas críticas en la prensa y se le llegó a considerar el mejor fotógrafo de su generación y una joven promesa. Los integrantes de la Bang Bang Club se ponían una coraza emocional, no podían dejar que lo que veían a través de la lente les traspasara más allá de la cámara, por que su trabajo mermaría en calidad y no podrían mostrarles al mundo lo que estaba ocurriendo. Su reivindicación y su responsabilidad pasaban por evitar tomar contacto emocional con lo que había delante de ellos, algo que resultaba extremadamente difícil, pero que no dejaban de intentar desde el mismo momento en el que despertaban con el día y se dirigían a las afueras con su material fotográfico. Carter y Oosterbroek hablaban mucho sobre ello. Durante sus noches en guardia, o por los bares de Johannesburgo, en los que se desahogaban escondiéndose entre cervezas y cocaína. Su amistad se forjó entre balas y muerte, y en esas noches en las que ambos sabían que debían darle la vida a África, y que la única manera de hacerlo era haciendo bien su trabajo. Tras un breve descanso, Carter fue a cubrir la guerra Sudanesa, intentando hacer tomar conciencia al mundo de lo que ocurría allí, y cómo el hambre y las enfermedades acabarían con un país donde el gobierno entregaba más armas que alimento a su pueblo. ![]() El 26 de Marzo de 1993, el New York Times publicaba una fotografía de Carter. Una niña de unos seis años caía extasiada por el agotamiento tras una larga caminata buscando un refugio civil cercano. La niña, tísica e hinchada por la falta de nutrición, caía agotada sin fuerzas en el suelo, mientras un buitre al fondo esperaba su inminente muerte. La fotografía dio la vuelta al mundo. Carter ganó el Pulitzer. Pero con esta fotografía llegaron infinidad de críticas que acusaban a Carter de haberse aprovechado de la situación de la pequeña para sacar una foto impactante, en vez de ayudarla. Algo que era incierto, pues tras tomar la foto, el fotógrafo se aseguró de que la niña llegara al refugio sana y salva. Sin embargo las críticas más violentas se cebaron con él, llegando a publicarse fotografías en las que la cabeza del cuervo se había sustituido por la suya. Tuvo que defenderse a cada momento de tales acusaciones, y Carter, que tan sólo pretendía hacer saber al mundo lo que ocurría en África, sucumbió a una presión que le consumió hasta la depresión. El día que se le hacía entrega del premio Pulitzer en una pomposa ceremonia, ![]() Ken Oosterbroek, al fondo, es arrastrado por dos fotógrafos instantes después de ser disparado. Delante Marinov y Nachtwey, dos integrantes de la "Bang Bang Club". Carter no se lo perdonó. No debía estar sonriendo delante de las cámaras mientras recogía un premio, si no detrás de ellas, en las barricadas, con su amigo Ken. Debía haber estado allí, con él. Pocas semanas después Carter se dirigió a un parque cercano del lugar donde nació, en el que jugaba con sus amigos ignorante de lo que ocurría con las tribus negras en las afueras. Allí, escuchando música, junto a un pequeño lago y verdes árboles, inhalando monóxido de carbono por una goma conectada al tubo de escape de su vehículo se quitó la vida. En una nota escrita minutos antes de morir una terrible sentencia servía de epitafio; “me persiguen los recuerdos de las masacres y los cuerpos”. Lunes, 17 de diciembre del 2007Reseña #8 El tercer policía Un irlandés con sentido del humor puede llevar en ocasiones al absurdo toda la creación humana. Un irlandés con sentido del humor es capaz de poner a discutir al mismísimo Dios con un hombre de a pie (posiblemente también irlandés), y que éste último rebata la opinión del primero sobre la utilidad de la reencarnación.Flann O´brien, pseudónimo de Brian Nuall'in fue un irlandés que pensaba que el sentido del humor era algo más que simplemente reírse. El tercer policía es sin duda su mejor y más admirada novela. Escrita en 1940, nos cuenta las andanzas de un muchacho con una pierna de madera, John Divney, que incitado y ayudado por un perverso amigo, asesina a un anciano con la intención robarle una caja de caudales. Para evitar ser descubiertos, el Divney entierra el cadáver y su amigo esconde la caja en un lugar seguro. La búsqueda de esa caja por el protagonista es la que ocupará todas las páginas de la novela que no me atrevo a desvelar por su magnífico final. Durante sus andanzas, al joven vive situaciones sorprendentes y de gran ocurrencia, arengadas por un par de policías que guardan una comisaría por la que el protagonista ha de pasar. ![]() La novela, contada en primera persona, deja clara muestra de la genialidad del autor, que tiene en la maravillosa capacidad de narrar su mayor virtud. Cabrera Infante, prologuista de la edición de la foto de portada dice del libro de Obrien que "Es LA novela." Divney se transforma en un momento determinado del libro, y el ambiente surrealista y fantástico que envuelve todo lo que le sucede le hace cómplice de las diabluras que se escurren de la mente del autor. Durante el relato Divney hace constantes referencias a un antiguo científico, del que en varios capítulos comenta tener en gran estima. Este científico, llamado De Selby, sostenía ideas tan peregrinas como que el mundo tenía forma de salchicha, o que el agua contenía un poder energético enorme, y consecuencia de ello su casa contenía más de cincuenta grifos. Los delirantes postulados de De Selby, del que Divney escribe un libro, sirven como perfectos puntos y aparte en la narración. Así se nos conduce de la ficción de los comentarios del científico a la realidad de la aventura de Divney, la cual no es más que una realidad falsa que el propio protagonista se niega a creer y ante la que sin embargo cede. Durante su camino, Divney tiene el apoyo de su propia alma, a la que llama Joe y con la que habla interiormente. Joe personifica la conciencia en sus dos caras, pues es una entidad contradictoria, que una y otra vez anima y previene a Divney, la mayoría de las veces con los mismo criterios. A esto se puede añadir las ocurrencias de los dos policías, que sostienen la idea de haber encontrado el camino a la eternidad en un mapa formado por las grietas del techo de madera de la comisaría, así como que las bicicletas tienen vida propia y van tomando la personalidad y costumbres de quienes las montan. Poco más se puede contar sin desvelar por completo el desenlace de la novela. Hilarante, magnifica, soberbia, incatalogable y genial, El tercer policía es una novela redonda. De ella han bebido tanto las series televisión como el cine, y en concreto la serie de televisión de reconocido éxito “Perdidos”, en la que se hace referencia directa al libro y que puede hacer suponer ciertos paralelismos entre lo que le sucede a los habitantes de la isla y al propio Divney. ![]() Fotograma de la serie Perdidos en la que se observa un ejemplar del libro Es una lástima el desconocimiento general que el público mayoritario tiene de su autor. La sombra de Joyce ha eclipsado a los autores irlandeses del siglo XX, y entre ellos al genial Beckett o al propio O´brien (y es conocido que los dos primeros alababan O´brien) . Pero quizá sea mejor así, pues el encontrar una novela como esta y leerla sin prejuicios es la mejor manera de homenajear a este gran autor. Una novela para quienes no tienen miedo a leer sin llegar a ningún sitio, para quienes no leen sólo por entretenerse, para quienes no les asusta el surrealismo y el humor absurdo. Si usted es de esos, hágase un regalo estas navidades; lea esta novela. Y si no, también. Hay muchas ediciones de El tercer Policia circulando en nuestro país, la editorial Nordica entre ellas. Sábado, 15 de diciembre del 2007Las habitaciones de Octavio Augusto En los últimos días la alcaldía de la ciudad de Roma ha mostrado al fin el que era un secreto a voces, la finalización de los trabajos de restauración realizados en el Palatino, en el que han dejado a la luz los aposentos personales del emperador Octavio Augusto.En este caso, los habitáculos descubiertos se tratan del estudiolo del emperador, donde pasaba sus horas de estudio y reflexión. También una sala que se supone de espera, llamada ecus, así como la antecámara que da acceso a ambos, formada por una pequeña escalinata y una rampa que comunica con el nivel superior. Los frescos que la adornan son de brillo y colores vívidos, haciendo patente que el estado de conservación es espectacular. Como se puede admirar en las fotos, donde no se ha tardado en calificar de “milagrosa” el que podamos admirar las pinturas prácticamente igual que se realizaron a finales del siglo primero. La euforia se ha de ver calmada ya que sucedió algo parecido con la apertura al público de la Casa Livia, y que debido a las afluencia de visitantes, sufrió graves desperfectos y tuvo que ser cerrada. ![]() Octavio fue el primer Augusto de la roma imperial, proclamado consul con sólo veinte años e hijo adoptivo del gran Julio Cesar, formó gobierno junto con Marco Antonio y Lépido en el 43 a.c. Tras distintas diferencias que acabaron en guerra y tras la desaparición de Lépido del plano político, Octavio venció a Marco Antonio en la batalla de Accio, que dio pie a la leyenda del suicidio por amor de Cleopatra, a la cual Octavio había querido pasear como cortejo triunfal de su victoria en Egipto sobre Antonio. Octavio devolvió el poder al pueblo y al senado de forma astuta, como lo hiciera en su momento su padre adoptivo, y fue proclamado entonces Augusto, una nueva denominación creada para él como agradecimiento a sus actos. También sería pontifice máximo, y se le concedería el nombre de César. ![]() Octavio estuvo 40 años en el poder, reformando totalmente el gobierno y el imperio, al que había llegado cuando Roma estaba en sus peores momentos. Se supo rodear de un grupo de sabios y capaces consejeros y realizó reformas de gran calado público. Bajo su mandato Roma vivió un florecimiento cultural sin precedentes, sobre todo arquitectónicamente hablando. Reformó templos y basílicas, creo un nuevo foro y nuevos teatros. Poetas como Horacio o Virgilio vivieron en esta época, contando con la amistad del lugarteniente de Octavio, Mecenas (nombre que no en balde se les da a los promotores culturales). Gracias en gran parte a su otro lugarteniente, Agripa, Octavio consiguió evitar varios golpes de estado y terminó por incluir en las fronteras el reino de Parto, Judea y la Galia cisalpina. Aquejado por una bronquitis crónica que afectaba a sus pulmones, Octavio fue un hombre enfermo durante toda su vida, siempre viajando bajo supervisión médica. . ![]() Cuentan que durante las guerras de la Galia, y durante la guerra de los filipos, al norte de Grecia, en las que terminó con Bruto y Casio, en más de una ocasión Octavio tuvo que desmontar de su caballo aquejado de un violento acceso de tos que le incapacitaba para realizar sus labores militares normales, delegando el mando en Agripa. Durante sus últimos años el humor de Octavio empeoró, viéndose quejumbroso por la enfermedad crónica de sus pulmones. Comenzó a ver conspiraciones donde no las había, y creo la famosa guardia pretoriana para protegerse de ellos. Murió el 15 de Marzo del año 14, con setenta y siete años de edad, con una salud empeorada por los escándalos que se sucedían alrededor de su amada nieta, a la cual tuvo que encerrar hasta matarla en su confinamiento. Poco después, fue proclamado divinidad, y se le veneró como a un dios. Dejó a Roma en uno de los momentos más extraordinarios de su historia. Tras él ningún otro emperador alcanzaría un poder, genio militar y político y una influencia semejantes, siendo posiblemente el personaje, junto con su padre adoptivo Julio Cesar, más importante de la Roma antigua.
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